TERREMOTO EN CHILE ¡Es hora de ayudar!
Primera parte
Alberto Alvarado Segovia
Moderador del Comité General
La noche del 27 de febrero, a las 3:34 de la
madrugada, un terremoto 8,8 grados en la escala de Richter
sacudió con violencia inusitada la larga y angosta faja
del territorio nacional. El sismo abarcó unos dos mil kilómetros
de suelo chileno y su fuerza devastadora se hizo sentir,
como un fuerte sacudón, tan lejos como Buenos Aires, a unos
1.200 kilómetros.
Después de sentido el movimiento telúrico,
y mientras los habitantes de las costas del litoral del
centro-sur huían despavoridas buscando lugares altos donde
refugiarse, el ruido ensordecedor del mar indicaba que el
Océano Pacifico saldría de su calma para transformarse en
olas furiosas y aplastantes de muerte y destrucción.
Desde entonces, Chile no ha vuelto a ser el
mismo. Llegadas las primeras horas de luz, las grandes ciudades
y los pequeños pueblos de las regiones centrales comenzaron
a evidenciar la descarnada capa del desastre producido.
Los balnearios se transformaron en cementerios flotantes,
las olas llevaban de un lado a otro, cuerpos mutilados,
autos, casas y centenares de elementos que vagaban silenciosos
sobre el agua. Las últimas olas de destrucción no dejaron
descansar a los sobrevivientes hasta las doce del día. Más
allá, en las zonas de los valles, las viejas casas de adobe
fueron las primeras en mostrar cómo se habían rendido a
las fuerzas de la Tierra. En las ciudades colapsaron grandes
edificios y estructuras tan fuertes como los puentes que
se resquebrajaron como galletas.
Es por eso que ante la magnitud de la tragedia
nuestros corazones no podían descansar, sobre todo pensando
en familiares, amigos, pastores y hermanos en la fe que
sabíamos estaban sobrellevando en carne propia la hecatombe
del sismo. El resto de Chile que estaba vivo, y que no había
sufrido más que ver algunas de sus cosas tiradas en el suelo,
se levantó de inmediato para hacer algo, para llamar y buscar
a sus seres queridos, para organizar campañas de ayuda,
para buscar por cualquier medio la manera de apoyar al Chile
sufriente.
Hoy, después de un par de semanas hemos visto
a casi todas las instituciones y organizaciones que funcionan
en Chile trabajando para llevar con sus medios apoyo a los
cientos de lugares afectados.
Ayudar con prontitud
Apenas transcurridas las primeras horas del
sábado 27, llamé a Alejandro Huerta para saludarlo y plantearle
mi inquietud, pensaba lo mismo y estábamos de acuerdo que
debíamos de inmediato hacer surgir un plan nacional para
ayudar como iglesias Asamblea de Dios Autónoma a nuestros
hermanos en el sur. Lo primero era saber de las iglesias,
pastores y amigos ubicados en la zona más siniestrada. Como
todos saben los teléfonos celulares colapsaron rápidamente
y fue imposible lograr contacto durante los primeros días.
Era casi un milagro cuando alguien detrás de la línea contestaba
diciéndome con voz entrecortada "estamos bien". La insistencia,
la paciencia y la oración fueron las tácticas más usadas
entre el sábado 27 de febrero y el martes 2 de marzo.
Para el martes la decisión del Comité General
de ayudar a las víctimas fue anunciada en nuestro sitio
web, así comenzaba la campaña: Terremoto
¡Es hora de ayudar!
 |
 |
| Los jóvenes de la iglesia de
Santiago trabajaron varios días y muchas horas
para acopiar la ayuda que generosa llegó para
nuestros hermanos del sur. |
Las respuestas de las iglesias no se hicieron
esperar, también recibimos llamadas y correos electrónicos
desde el extranjero comprometiéndose con la campaña. Las
iglesias de Coquimbo, La Ligua, Viña del Mar y Santiago
iniciaron campañas locales de recolección de víveres, ropa,
frazadas, colchonetas, muebles, pañales, juguetes, artículos
de aseo y sobre todo, agua. Una empresa de Santiago hizo
una importante donación de agua envasada. Un hermano puso
a disposición del Comité un contenedor de 12 metros de largo.
Poco a poco la campaña fue tomando cuerpo y dispusimos la
salida de la ayuda para la madrugada del miércoles 10 de
marzo.
Desde Coquimbo, un camión trasladó la ayuda
obtenida en esa región y en la iglesia de La Ligua. A este
vehículo se le sumó una camioneta doble cabina para trasladar
a los voluntarios de la región nortina. En Santa Rosa de
Pelequén, la caravana se reunió para emprender el viaje
hacia el sur. En total eran cuatro vehículos y ya eran las
seis de la mañana.
El equipo estuvo compuesto por seis pastores,
dos estudiantes de medicina de Coquimbo, siete jóvenes de
Santiago, dos choferes y dos hermanos de Coquimbo, en total
19 personas. Los vehículos fueron facilitados por hermanos
y personas que sintieron que así debían colaborar en esta
cruzada solidaria.
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