Mauricio
Bastias Ulloa
Pastor de la Iglesia Asamblea de Dios Autónoma de San
Pedro de la Paz
Octava Región
A un mes del terremoto que nos azotara
el 27 de febrero, y cuando las cosas comienzan a decantar
y a enfriarse, creo que es oportuno reflexionar sobre
lo que significó esta experiencia tanto en lo individual
como en lo comunitario.
En lo personal deseo comentar que en
las horas siguientes a la catástrofe, y al vernos sin
energía eléctrica y sin agua, se despertó en toda mi comunidad
una actitud que hacía muchos años yo no veía y fue la
actitud de compañerismo, ayuda mutua y solidaridad.
Producto de los saqueos, la comuna
se quedó sin abastecimiento y fue allí donde comenzamos
a practicar lo que los antiguos y los indígenas aún practican:
el trueque, y debo decir que fue algo muy lindo porque
logramos despercudirnos de esa espíritu egoísta que nos
había atrapado, preguntándonos unos a otros qué es lo
que necesitábamos.
Descubrí el valor de esta práctica
que se llama el trueque del que estoy convencido tiene
su fundamento en el principio del dar que nos enseño Jesús
y que no es sólo para quienes somos parte de la Iglesia,
sino que es un principio universal.
Vigilamos nuestras casas por el riesgo
de los saqueos, y en esto logramos conocer vecinos que
hacía tiempo vivían entre nosotros y no sabíamos de su
existencia, con los que establecimos un vínculo de amistad.
Con los vecinos profesionales logramos establecer una
red de ayuda médica y farmacológica, conseguimos una psicóloga
para una charla que ayudara a los vecinos a superar el
temor que hacía presa de la comunidad; logramos organizarnos
para obtener la ayuda que el Gobierno había ofrecido,
la que con el desabastecimiento existente se requería
con urgencia, ayuda que conseguimos en tiempo récord.
La pregunta que debemos hacernos es:
¿por qué no logramos esto antes?
Si somos honestos y objetivos debemos
ser capaces de reconocer que era producto del espíritu
reinante en medio de nuestra sociedad, espíritu que siento
aún presente entre nosotros.
Nos considerábamos un país moderno
y casi nos igualábamos a los países europeos. Muchos pensaban
que nos quedaba chico el continente, asumimos una actitud
arrogante y discriminatoria hacia alguno de los países
vecinos, adoptamos una actitud individualista, cada uno
vivía su metro cuadrado sin importarnos si en la casa
del lado había o no de comer, tampoco nos interesábamos
por las necesidades de nuestra comunidad.
Sin ir más lejos considero que los
saqueos revelan este espíritu, ya que quienes participaron
de estos actos, no sólo vandálicos sino satánicos, lo
planteo así por lo que claramente dice el mismo Jesús
que el ladrón no viene sino para
matar robar y destruir, Juan 10:10, no pensaron
en nadie más que en ellos sin importarles si la población
tendría provisiones o no, y qué decir del materialismo
que con tanto Tratado de Libre Comercio y un sinnúmero
de posibilidades nos entregamos a un consumismo desenfrenado,
el que nos ha llevado a tener que redoblar las horas de
trabajo para responder a los créditos adquiridos.
Esto condujo a una apatía y falta de
interés hacia Dios, si aún hasta nuestra propia gente
ya no tenía tiempo para sus deberes cristianos.
Por más iniciativas de evangelización
que desplegábamos, la respuesta de la gente era muy pobre,
sin embargo, en aquellas horas de miedo escuché a mucha
gente que me dijo que estaban rezando y orando con mucha
intensidad, escuche a otros comprometerse con el Señor
con todo su corazón, ¿qué pasó?
Esto nos lleva a otro pecado: la autosuficiencia.
Con la gran oferta de beneficios sociales y recurso privados
no había lugar para Dios.
Hay muchos que dicen ¿qué tiene que
ver todo esto con el terremoto?, si después de todo Chile
es un país sísmico y cada 25 ó 30 años esto vuelve a suceder.
No es el primero ni el último terremoto que habrá en nuestro
país y que no debemos espiritualizarlo.
Puede que tengan razón, pero pienso
que es una forma muy simplista de ver las cosas. Creo
que es importante hacer las lecturas correctas de esta
experiencia y entender qué es lo que Dios nos está señalando
con todo esto.
Por lo anteriormente expuesto, creo
que hay muchas cosas de que arrepentirnos, especialmente
quienes somos parte del pueblo de Dios. No olvidemos que
cuando Jesús inició su ministerio público y comenzó a
predicar el mensaje del evangelio y a exhortar al arrepentimiento,
lo hizo en medio de su propio pueblo. Pues bien, considero
que quienes debemos ser los primeros en leer correctamente
estos sucesos somos nosotros, ya que si nos damos cuenta
cuál es la senda por la que marcha nuestra sociedad debemos
reconocer que no hemos hecho bien el trabajo que Dios
nos ha encomendado y de eso debemos arrepentirnos.
Al leer esta reflexión alguien puede
pensar que mi diagnóstico es bastante negativo. Para ser
honesto todavía pienso que me quedé corto en mi análisis,
pero sin desmedro de ello igualmente se valora el esfuerzo
de gente e instituciones que actuaron con premura y generosidad
para ayudar a sus hermanos y compatriotas, ya sean cristianas
o seculares, lo que sin duda ha ayudado a mitigar los
sufrimientos de las víctimas.
Vale resaltar aquí la gran iniciativa
realizada por nuestra iglesia-país, campaña sin precedente
en estos 60 años como Iglesia Asamblea de Dios Autónoma.
Mi oración al Señor es que estos cambios
que he observado en medio este tiempo no se diluyan, porque
ha transcurrido un mes y comienzo a percatarme que rápidamente
comenzamos a volver a las actitudes de siempre y cuanto
más pasa el tiempo corremos el riesgo de volver a nuestro
statu quo anterior. Espero igualmente que los medios de
comunicación no nos dejen olvidar esta tragedia, ya que
los chilenos nos caracterizamos por nuestra mala memoria
y olvidamos rápidamente las lecciones aprendidas.
Como Iglesia tenemos un arduo trabajo
y debemos aprovechar la coyuntura y potenciar la evangelización.
Sabemos que la única herramienta para transformar una
sociedad y mantenerla saludable es el poder del evangelio,
Romanos 1:16,17.
El título de esta reflexión es ¿Castigo
o señal? Creo que es una pregunta que cada uno debe responder
en su fuero interno, conforme la lectura que haya hecho
de este acontecimiento, pero no esperemos que se nos vuelva
a mover el piso para entender lo que Dios quiere.