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La Gracia aún reina

Alberto Alvarado Segovia
Pastor de la Asamblea de Dios Autónoma de Coquimbo Oriente
IV Región

Este es uno de los temas entregados por el pastor Alvarado en el Retiro Nacional de Pastores y Líderes realizado en mayo pasado en Quillota.

Estos son tiempos de mucha angustia para Chile y de manera especial para la Iglesia. Desde febrero de 2010, cuando la Tierra nos fue sacudida, hemos venido escuchando una serie de mensajes que turban, y llenan de caos a la gente.

¿Qué fue lo que ocurrió el 27 de febrero? ¿Un juicio? ¿Un castigo? ¿Una advertencia? ¿Un simple hecho natural? ¿Una prueba? La respuesta que demos nos plantea nuevas preguntas: Si fue un castigo, un juicio, una advertencia o una prueba, ¿para quién fue? ¿Para Chile, para sus gobernantes o para los creyentes?

También durante este tiempo han surgido más que nunca los profetas que se autoadjudican el anuncio del cataclismo ocurrido. Pero más aún, han surgido los profetas que anuncian nuevas catástrofes con juicios al estilo apocalíptico. Muchos de estos mensajes, que mezclan el lenguaje del Antiguo Testamento con el del Nuevo Testamento, aumentan la angustia y crean un panorama confuso y caótico ¿Qué hay de verdad en todas estas cosas?

Otro elemento que se añade a esta atmósfera sobrecargada de desazón, es la reacción de los líderes, iglesias y ministerios acerca de lo que se debe hacer. Han revivido en estos días más que nunca las palabras "Unidad de la iglesia" y "Arrepentimiento". Algunos creen ver que la aparente desunión de las iglesias evangélicas ha sido el motivo por el cual Dios ha enjuiciado a Chile.

Otros, más osados, han visto que la no aceptación de los llamados "cinco ministerios" por parte de varias denominaciones e iglesias ha sido el motivo del juicio divino. Cualquiera sea la mirada, en estos días han surgido una serie de invitaciones a la unidad mediante actividades de toda clase: vigilias, congresos, retiros, tiempos de ayuno, etc. Lo curioso es que ciertos líderes que jamás están en actividades de unidad de otros, casi exigen que todos estén en las de ellos. "¡Hay que arrepentirse!" es la consigna que se predica por estos días en muchos púlpitos sin aclarar verdaderamente de qué y quiénes.

Lo anterior no significa que no esté de acuerdo totalmente con esta variedad de puntos de vista y de soluciones.

En realidad, me cuesta mucho opinar acerca de todas estas cosas. ¡No quiero hacer juicios rápidos o fáciles! Creo, por ejemplo, en los ministerios de Dios para su Iglesia, pero no porque estén de moda hoy, sino porque veo en la Biblia que son funciones creadas y administradas por el Espíritu Santo para el desarrollo de su Iglesia. Disiento, eso sí, de la interpretación que regula su funcionamiento en la iglesia de hoy y de aquellos matices teológicos que han servido de base para algunos de estos ministerios.

También creo en la unidad. Yo mismo formo parte de ministerios cristianos que agrupan a varias iglesias distintas. Como coordinador regional del Instituto Bíblico Nacional (IBN), he visto la bendición que ha significado llevar la capacitación teológica a más de treinta iglesias distintas. Formé parte del grupo que fundó la agrupación de consejos y unidades pastorales de la región de Coquimbo, que reúne a pastores de cinco comunas distintas en un proyecto común. Creo en la unidad creada por el Espíritu; aquella no hay que hacerla, hay que guardarla. No es necesario crearla solo entrar en ella y vivirla, en la humildad que todos servimos a los intereses del mismo Reino.

El terremoto nos ha conmovido a todos. En lo personal he sido sacudido fuertemente. No sé si será por la edad, o por las circunstancias personales, o por la cercanía con la tragedia al visitar a esa gente desesperada. Lo que sé es que Dios está de algún modo detrás de todo esto diciéndonos ¡Aún sigo en el control!

Un día, mientras observaba las ruinas dejadas por la fuerza del tsunami en la pequeña localidad de Los Perales, me pregunté ¿qué tiempos son estos? La respuesta vino unos días después, cuando al leer la Biblia me encontré con que todavía estamos en los "Tiempos de la Gracia de Dios". Entonces me di cuenta que lo que la gente necesita escuchar en estos días turbulentos es que todavía Dios tiene gracia que salva, sana, cambia, transforma. La Biblia dice: "la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo" (Juan 1: 17). Meditemos pues en ello.

La gran dispensación de la Gracia

Atmósferas diferentes

Consideremos, en primer lugar, las distintas atmósferas en las que una persona puede nacer y vivir.

La atmósfera natural de un judío era la ley. En la Ley mosaica, el nacido bajo la ley hebrea encontraba el propósito de su vida, el cuadro de valores que lo dirigía, las normas para vivir en la sociedad, sus esperanzas para el futuro, su valor como persona, las pautas para criar a sus hijos, para vivir el matrimonio, etc. Pero la ley, aunque santa y buena no podía darle libertad y gozo al judío. Éste no podía desprenderse de ese entorno en el que nacía y moría.

La atmósfera natural de un incrédulo es el mundo. El mundo le proporciona todos los elementos que le permiten sus valores, su educación, sus fuentes de autoridad, su sentido y propósito para vivir, sus prácticas y modas, sus gustos, su forma de pensar y actuar y hasta sus esperanzas para el mañana. El mundo llega a serlo todo, su hogar y su fuente de satisfacción. Quien nace en el mundo cree que el mundo es su cielo, su dios y razón de luchar en esta vida.

La atmósfera natural de un hijo de Dios es la Gracia. Si eres hijo de Dios, entonces en su gracia encuentras el propósito de la vida, los valores que la guían, las normas para vivir en la sociedad, tus expectativas para el futuro, tu verdadero valor como persona, el modelo para criar a tus hijos, para vivir tu matrimonio, etc. Todo lo que la ley no le pudo entregar al judío lo hizo la Gracia. Pablo exclama maravillado "por gracia sois salvos" (Efesios 2:8). Así que conviene preguntarnos ¿cuál es la atmósfera en la que quiero vivir? No se puede vivir bajo la ley y bajo la gracia al mismo tiempo, como tampoco queremos vivir bajo la atmósfera mundana en la que quizás nacimos, ¡oh, no! La gracia es la atmósfera normal de un creyente, es su hábitat natural y, sin embargo, cuántos hijos de Dios palidecen porque sus vidas no parecen gustar de la abundancia sino de pobreza espiritual.

Reinos distintos

Veamos ahora que la Gracia y el pecado corresponden a Reinos distintos y absolutamente contrarios. La Biblia dice en Romanos 5.17: "Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia". Pablo sugiere aquí que el pecado es un verdadero Estado o Reino bajo el cual el hombre está esclavizado. Para él, la Gracia es el segundo Estado, el nuevo Reino que derrotó al primer tirano. En este nuevo Reino, lo que abunda es la Gracia. Entonces, está claro que sólo puedo pertenecer a uno de estos Reinos: al del pecado o al de la Gracia. Si es éste último, entonces Dios me dice que puedo reinar aquí y ahora ¿Qué es lo que está reinando en tu corazón hoy? Por si no se ha dado, cuenta la Gracia de Dios puede hacer la diferencia entre una vida sometida al pecado y otra plena de sentido y gozo espiritual.

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