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Hermana Magaly Albornoz: "El Señor paró esas olas hasta que salimos de aquel lugar (Iloca)"

>> Testimonio de la familia Montecino Albornoz de la iglesia Asamblea de Dios Autónoma de Talca. Este grupo familiar está compuesto por el esposo, Marcelo; la esposa, Magaly; y sus pequeños hijos Consuelo y Pablo Israel.

El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende. Salmos 34:7

Esa noche era especial de principio a fin. Nunca olvidaremos cómo en la tarde mi hijita mayor de aquel entonces tres años y medio repetía ininterrumpidamente: "La Sangre de Cristo nos cubre de todo". Aun cuando parecía que sólo repetía esa frase porque la encontró especial, su alma pequeña nos daba un mensaje.

Luego antes de dormir nos reunimos como familia en aquella cabaña de Iloca, donde apenas llevábamos casi tres días junto a los abuelos paternos y nuestros dos hijos, y en la cabaña del lado estaba mi madre, mi hermano y su familia y unos amigos, en total 18 personas (13 adultos y 5 niños).

En nuestra cabaña había una presencia más, estaba Cristo, por eso antes de dormir nos reunimos a orar y compartir la palabra. La cual, sorpresivamente se encontraba en Hechos 23: 15-22 y que nos animaba a estar atentos ante las asechanzas del enemigo.

Luego de dormirnos, algo muy fuerte nos despertó. Dormíamos junto a nuestros hijos cuando todo comenzó a moverse. No sabíamos qué pasaba. Los vidrios se quebraban, las cosas caían, la gente alrededor gritaba y nosotros sólo oramos y cubrimos a nuestros hijos con nuestros cuerpos y apenas nos pudimos sostener decidimos salir de ahí.

Solo unos 500 metros nos separaban de la playa. Nuestros hijos no despertaron porque tratamos de acurrucarnos a ellos para que no se asustaran. Solo una frase se repitió: "Nos vamos", sí, nos vamos. Tomamos a los niños aún sin vestirnos, solo envolviéndolos en una frazada, sacamos los vehículos y rápidamente salimos de aquel lugar. El mar ya se había contraído y no se escuchaba ningún ruido de olas. Todos salían de aquel lugar. En nuestro corazón más que miedo, Dios puso su paz, pues Dios guarda en completa paz a aquel cuyo pensamiento en Él persevera (Isaías 26:3).

En sólo cinco minutos nos fuimos, no tomamos nada, sólo un bolso que estaba en la cama con algunas cosas, pues sabíamos que había que salir.

Unos primero, otros después, abandonamos el lugar que aún temblaba y veíamos cómo filas de luces de vehículos subían el cerro. Nosotros tomamos otro camino, el que va por la orilla del mar hacia Curepto, una localidad cercana. Clamábamos a gran voz, repitiendo la palabra que es la espada como dice Gálatas con toda la armadura de Dios.

Esos cinco kilómetros de playa se hicieron muy rápido.
Al llegar al puente que une la comuna de Licantén con la de Curepto, la tierra estaba toda removida. Un trozo del puente había colapsado y el camino estaba cortado por ese lugar. En la huida nos perdimos del resto de nuestra familia que venía en dos autos uno antes y otro detrás.

Decidimos seguir a Talca por Licantén. Era aterrador el paisaje. Se veían casas completamente destruidas. Aun cuando era de noche, había una luna muy clara, el camino estaba lleno de derrumbes y grietas y la gente desorientada caminaba por las orillas. Había angustia por saber qué había pasado y dónde estaba el resto de los que nos acompañaban.

Por fin, luego de casi una hora de viaje, milagrosamente nos encontramos en un camino de campo, nos detuvimos, nos abrazamos, nos tomamos de la mano y juntos oramos al Señor agradeciendo por su cuidado. Ninguna radio estaba trasmitiendo y como las cinco de la madrugada encontramos una emisora que anunciaba que había habido un terremoto grado 8,8, con epicentro en Cobquecura, Octava Región y luego un maremoto que había asolado a gran parte de la costa central.

Decía que Iloca había desaparecido, pues a los 20 minutos del terremoto salió la primera ola que destruyó toda la costa. Lloramos, pues sabíamos que Dios nos había protegido. Su mano poderosa nunca se aparta de sus hijos y nada es una casualidad, sino una JESUALIDAD, porque Dios es fiel y nos libró de la muerte. El lugar donde estábamos se desintegró, no hay casas, las cabañas no existen ya ni los árboles quedaron. El Señor paró esas olas hasta que salimos de aquel lugar.

Magaly Albornoz, la pequeña Consuelo y Marcelo Montecino, en el verano de 2009.

Cuando salimos no pensamos en sacar ropa ni nada, nuestros hijos y sobrinos salieron sin zapatos y pronto despertarían sin saber qué había pasado. Esperando que amaneciera hubo muchas réplicas y nos acercamos a un pueblito donde conseguimos algo de agua. Mi mente decía: "Oh, Señor no saqué zapatos para los niños ni comida". Una señora del lugar se acercó y nos preguntó si necesitábamos algo. Le pedimos agua, leche y por si tuviera algún zapato de niño. ¿Saben?, nos facilitó todo eso y dos pares de zapatillas que eran inexplicablemente de los mismos números que nuestros hijos necesitaban y hasta hoy las tienen. Salmo 91:11: "Pues a sus ángeles mandará cerca de ti, que te guarden en todos tus caminos". Esa familia eran hermanos en la fe.

Fueron siete horas las que demoramos en llegar a Talca, lugar en el que vivimos. Caminos cortados, casas destruidas, pueblos enteros en el suelo, puentes desaparecidos, grietas enormes en la carretera y derrumbes hicieron que un tramo que se hace, generalmente en dos a tres horas demorara esas siete.

Los estanques de bencina y petróleo no estaban preparados para el regreso, pues todavía nos faltaban tres días de vacaciones, así que íbamos a cargar al venirnos. Mi hermano viajó siete horas con un milagroso estanque que hizo todo ese recorrido con ¼ de su capacidad. Las bencineras estaban cerradas, ya que no había energía eléctrica para mover las bombas y cargar combustible.

El menor de la familia, Pablo Israel, en febrero de 2010, cuando tenía ocho meses. Consuelo, en la playa de Iloca el día antes del terremoto y maremoto.

Al llegar, Talca estaba en el suelo, pero nuestro hogar estaba muy bien, nada pasó, no se cayó ni un libro de sus estantes, sólo se rompió una copa, porque estaba muy a la orilla del mueble, pero Dios puso una cobertura especial.

Juntos en el hogar volvimos a orar y a agradecer a Dios, y al leer su palabra hemos descubierto con asombro cómo Dios nos advirtió e incluso nos dio la hora en que todo iba a ocurrir, pues en Hechos 23:23-24 dice: "Y llamando a dos centuriones, mandó que preparasen para la hora tercera de la noche doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen hasta Cesarea, y que preparasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen a salvo a Félix el gobernador".

Sin duda, mandó sus ángeles para esa hora tercera de la noche cuando un 27 de febrero de 2010, Dios movió nuestra tierra.

Nuestro hijo menor se llama Pablo Israel que traducido es "Pequeño pueblo de Dios". Dios cuida a sus hijos y no los deja. Sabemos que esa noche esos ejércitos de ángeles acampaban a nuestro alrededor y nos escoltaban de aquel lugar librándonos de la muerte. Gracias SEÑOR.