A
la edad de 87 años ha partido a la presencia del Señor,
Mariela Ruiz Rivera, quien fuera en vida mi querida suegra
y hermana en la fe de Jesucristo.
Estaba aquejada de
una hernia hiatal intratorácica, que no sólo le impedía
deglutir con normalidad, sino también mantener su ritmo
respiratorio, complicado todo esto además, con una fractura
en su columna vertebral.
Estos padecimientos
no le impidieron llegar al culto de adoración de este
domingo 11 de enero, en que vistiendo sus mejores galas
para el Señor y caminando por su propio pie, participó
en el desarrollo de toda la primera parte del servicio
de adoración, es decir, de 11.30 a 12.45 horas, aproximadamente.
Sintiéndose agravada,
y sostenida por su hija Dori Lucy Cepeda Ruiz y Guadalupe
Caviares, hermana de la congregación, caminó hasta la
puerta de salida, pero se sintió muy debilitada, por lo
que fue trasladada en los amorosos brazos de los hermanos
David y Thomas, quienes le llevaron al cercano hogar de
una hermana a reposar. Esta hermosa tarea más adelante
fue calificada por el hermano David como de un verdadero
privilegio.
Finalizado el culto
y de retorno en nuestro hogar, fortalecidos por la compañía
de dos de mis hermanos de la congregación, conversando
en la medida de sus fuerzas nos acompañó, en medio de
alabanza y oración a Dios hasta las 22.10 horas del mismo
domingo, momento en que la misericordia de Dios la llamó
tierna y dulcemente, a su divina presencia. ¡Que maravilloso
es ser un hijo de Dios!
Las exequias se realizaron
en el Parque San Cristóbal a las 12,30 horas del martes
13 de enero. En el servicio de la iglesia, previo a su
sepultación y luego de predicada la Palabra de Dios cinco
almas aceptaron a Jesucristo como su Señor y Salvador.
Ha dejado un poderoso
testimonio difícil de superar, donde sobre todo destaca
su "perseverancia hasta el final",
igualmente su dedicación a la lectura de la Biblia que
le permitía recitar de memoria Salmos completos, con un
énfasis, con un corazón, con una pasión que derretía al
más indiferente.
Su consejo y reprensión
siempre oportunos, fueron gratamente recordados por los
jóvenes y señoritas de la congregación, por cierto, más
de algún adulto no escapó de sus respectivos tironcitos
de oreja que con amor ella siempre prodigaba.
Agradecemos a toda
la familia en la fe de Jesucristo que de distintas partes
del país nos hizo llegar sus condolencias, asimismo a
nuestros queridos hermanos de esta obra antofagastina
donde su presencia y apoyo fueron para mi esposa y para
mí un caudal de bendición.
¡El Señor bendiga
a su pueblo!