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| Hermano Juan Parra Bustos. |
Se me pidió hace un tiempo, como corresponsal
de la iglesia de Chillán, que con ocasión del fallecimiento
de mi abuelito, el pastor Juan Parra Bustos, buscara a
un par de personas que pudieran decir algo de él.
Con sentimientos encontrados he hecho esta
tarea, que sin duda ha sido gratificante y una manera
más en que Dios me ha mostrado su amor.
Para ello conversé con varios hermanos y
hermanas que lo conocieron.
Francisco Alarcón
Méndez, 23 años:
"Lo recuerdo como una persona cariñosa que se alegraba
mucho cuando te veía, preocupado de los nietos y de todo
lo que pasaba en la casa. Pese a sus limitaciones, producto
de su enfermedad, estaba siempre preocupado de todo. Se
notaba una búsqueda de Dios y eso le apasionaba, pues
cuando lo íbamos a visitar se ponía contento y siempre
alababa al Señor".
Rut Araneda:
"Para nosotros, con Juan Manuel (mi esposo), fue muy importante.
Cuando lo conocimos el año 1977 se nos había muerto un
bebé. En ese tiempo nosotros íbamos a otra iglesia y una
amiga nos trajo al pastor. Yo estaba en cama muy triste
y sentí que alguien entró a la casa cantando con una guitarra:
"Te vengo a decir, te vengo a decir, oh mi Salvador…",
con mucha alegría. Era él. Entró al dormitorio, se sentó,
nos ministró, oró, nos consoló y luego nos invitó al culto
en el templo de calle Rosas. Fuimos y nos quedamos ahí
hasta hoy.
Cuando llegamos a la iglesia, inmediatamente
comenzó a discipularnos y nos dejó trabajando como profesores
en la Escuela Dominical y también con matrimonios. Además,
ayudó a mi esposo que estaba pasando por un momento difícil.
Era un hombre sincero, alegre, directo, siempre tenía
las puertas de su hogar abiertas, si lo llamábamos a las
tres de la mañana te atendía.
A través de él conocimos a un Jesús generoso,
perdonador, alegre, así como era él. Llegaba a los corazones,
tenía mucho amor. Era un pastor ungido de Dios. Fue muy
importante para nosotros, cambió nuestras vidas, ya que
fue fundamental en nuestra decisión de servir a Dios con
toda nuestra vida".
Ricardo Guerrero Bocaz:
"Cuando yo era joven no iba a la iglesia -mi papá sí-
y en una ocasión fui a un campamento donde acepté al Señor.
Cuando llegué me quería bautizar, pero mi papá no quería,
porque era muy pronto y no sabía si realmente había cambiado
y sí entendía de qué se trataba, ya que antes de
eso yo era "remalo". Pero el hermano Juan habló con él
y dio garantía de que yo hablaba en serio, que era cierto.
Otra anécdota fue una vez que para ir a El
Rosal había un bus que nos llevaría, pero llegamos solo
10 ó 15 personas. Cuando llegamos quisimos pagar solo
las personas que éramos, pero nos dijeron que teníamos
que pagar el bus completo. Y yo estaba asustado, porque
en ese tiempo mi papá era el presidente de las finanzas
de la iglesia. Hablamos con el hermano Juan, quien tuvo
que arreglar la situación, no sé cómo, pero lo hizo.
Son dos experiencias que recuerdo porque no sé qué habría
hecho de no ser por sus intervenciones. Era un hombre
cariñoso, visitador. Con los jóvenes siempre tuvo una
relación especial porque iba a todas las reuniones, y
cuando los chicos vivían lejos, los trasladaba en la citroneta.
También nos retaba.
Otra cosa que recuerdo, es que los días jueves,
después de las reuniones de jóvenes nos íbamos a su casa
a tomar once, siempre comíamos tomate con quesillo. En
ese tiempo uno no se daba cuenta, pero ahora uno entiende
que era un gran esfuerzo, porque llegábamos alrededor
de quince jóvenes a quienes tenía que atender. Era muy
hospitalario".
Sylvia Maureira Álvarez,
nuera:
"Una de las experiencias que me marcó, fue cuando era
joven. Tuve un ataque convulsivo y llegué muy angustiada
donde Moisés, en ese entonces mi pololo, porque el médico
me había dicho que podía ser un tumor cerebral. Juanito
estaba ahí, oró por mí y me dio la seguridad de que eso
no era así. Luego me hicieron los exámenes correspondientes
y le diagnóstico fue una posible epilepsia. Con esto quiero
decir que él era un hombre de fe, que daba tranquilidad
al conversar con él.
Es una de las primeras cosas que conocí de él que me marcó.
Como suegro, puedo decir que admiré de él
su alegría, su capacidad de perdonar y su entusiasmo por
servir al Señor tanto en su vida de sano como cuando estuvo
enfermo".
Sandra Parra Valenzuela,
hija:
"Dentro de las cosas que no hablé de él en el velorio,
fue que mi papá venía de una familia campesina, y como
hijo mayor, su vida fue muy sacrificada, trabajó desde
niño, de hecho, lo sacaron del Liceo Industrial para que
fuera a trabajar.
Lo recuerdo como un hombre trabajador y
empeñoso. Por ejemplo, los fines de semana se dedicaba
a trabajar para tener más ingresos para nosotros, arreglaba
cosas, poniendo y sacando vidrios, etc. Era muy entregado
a su familia y a pesar de los pocos recursos que teníamos,
nos dio una vida muy digna, mucho más de lo que podríamos
haber tenido: siempre tuvimos vacaciones, celebración
de cumpleaños. Con cosas sencillas nos enseñó a disfrutar.
Como papá, si bien era severo, era cariñoso,
travieso, divertido y muy de piel, besucón, bueno para
abrazar y hacer cariño. Una persona alegre, emprendedora,
optimista y muy entregado.
Si extrapolo eso como pastor, creo que fue igual con la
iglesia, a pesar de que sentí su ausencia en esas ocasiones.
Si había alguien que necesitara su ayuda o presencia en
la noche, él, junto con mi mamá, estaba.
Vivió su fe, nunca lo vi dudar, ni siquiera
en los momentos de mayor dificultad económica, ni cuando
murió mi mamá. En vez de dudar, esas dificultades lo afirmaban.
Otra cosa que rescato, es que en la iglesia se daba mucho
con las personas más sencillas y humildes, y nos enseñó
a respetarlas y quererlas. Él era quien visitaba los lugares
más alejados, los lugares a los que nadie iba. Tenía una
capacidad de entrega y de amar muy grande.
Una anécdota: siempre me pedía que lo acompañara a los
locales, yo le ponía la condición de que no me hiciera
cantar, ni hablar, orar, o algo en público, y él, para
no mentirme me decía "mmm", y luego, cuando estábamos
en el culto, lo primero que hacía era hacerme hablar,
y yo como niña, detestaba eso".
Son las formas en que es recordado "Juanito"
Parra, un hombre que, desde mi perspectiva, es un ejemplo
del amor al prójimo y a los hermanos, renunciando a lo
propio para hacerlo de todos.
Ahora, tras su partida, mi deseo es que quienes
le conocieron como hermano y pastor, puedan concretar
en el día a día este estilo de vida propuesto por Jesucristo
y que mi abuelito quiso transmitir con su vivir; y que
quienes le conocieron como papá, abuelito o tío puedan
conocer y vivir con este mismo amor en el corazón, que
no me cabe duda, era su propio deseo: el amor de Dios.
Personalmente, quisiera agradecer, en primer
lugar a Dios, quien nos ha ayudado a vivir esta etapa
con su paz y verdadero consuelo; también a los hermanos
de la iglesia y amigos que nos acompañaron en este tiempo,
ya que a pesar de ser una fecha de festividades en familia,
nos hicieron sentir su cariño con su presencia.
Realmente es una bendición de Dios contar
con ello.
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| Foto del hermano Juan Parra (extrema
izquierda) junto a parte de su familia, en diciembre
de 2003. Aparecen su esposa Adriana; su hermana Juanita
y esposo; su hija Mirna y esposo Ociel; Moisés (presbítero
de la iglesia en Chillán) y su esposa Silvia; y su
hija Mary. |